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CARL SCHMITT, NO ESTOY DE ACUERDO CONTIGO

Los fascistas no suelen contar con la adhesión de los intelectuales. Es que es difícil justificar teóricamente el racismo, la intolerancia, la agresión nacionalista, el autoritarismo, la exaltación de las jerarquías, las persecuciones y demás lindezas que caracterizan a estos regímenes. http://pachig.blogspot.es/img/Schmitt.jpg

Pero hay al menos un filósofo que fundamentó muchas de estas actitudes. Se trata de Carl Schmitt, nacido en Alemania en 1888, que acompañó el proceso nazi en su país, e incluso militó en el Nacional-Socialismo.

La tesis principal de Schmitt es simplemente que un “enemigo” es necesario para la formación y el desarrollo de la sociedad. A contramano de la concepción prevaleciente desde la Revolución Francesa, y continuada por las teorías socialista y comunista, de que es posible y necesaria la confraternidad de toda la humanidad, esta filosofía nazi nos dice que la vida es un continuo conflicto entre Nosotros y los Otros, que la sociedad debe ser estimulada en el combate contra un enemigo siniestro que sólo merece ser destruído. Esto da para preguntarse: Y qué pasa luego que se logra destruir al enemigo? Habrá que inventarse otro?

Es natural que esta filosofía le cuadre tan bien a un sistema como el nazi. Pero lo curioso es que también le cuadra a otros sistemas más “democráticos” que han necesitado tener un enemigo real o imaginario para justificar acciones criminales.

Como señala Peter S. Fosl en “La filosofía de Lost”, el enfrentamiento entre los sobrevivientes y los Otros en esa famosa serie televisiva está en onda con los conceptos de Schmitt. Y la serie Lost remite a la cultura norteamericana de la que proviene: “clásicamente liberales entre ellos, los norteamericanos ven a los otros a través de ojos nacionalsocialistas. Con alguna predecibilidad cansina, se imaginan que los demás son peligrosos, astutos, antiliberales y asesinos subhumanos capaces de entender las cosas sólo por la fuerza, corriendo para atacarlos antes de que ellos alcancen a salir de los restos del naufragio.”  

Si uno empeza a hilar fino, no es difícil advertir que esa caracterización de “nosotros los buenos” contra “ellos los enemigos satánicos” tiene un correlato y seguro un antecedente necesario en las distintas teorías religiosas que plantean la lucha a muerte entre el Bien y el Mal, entre Dios y el Demonio. Más allá del pequeño detalle que en la mitología cristiana el Demonio cumple más bien el papel de subalterno de Dios, administrando el Infierno adonde el misericordioso Señor arroja a los pecadores, siempre se idenficará con el Demonio a los enemigos, a los otros, a los que no comparten nuestras ideas o nuestros intereses. Y no importa que sean muchos los “endemoniados”: según cuenta la Biblia, en cierto momento toda la humanidad se le rebeló a Dios y éste aplicó la “solución final”: los mató a todos con el Diluvio Universal.

Esta visión schmittiana del mundo, dividido entre amigos que merecen todos los beneficios, y enemigos demonizados que sólo merecen ser destruidos, no parece ser ajena tampoco a las terribles derivaciones de movimientos revolucionarios que, partiendo de principios humanistas e igualitarios cayeron en brutales procedimientos destinados a destruir al enemigo: tales los casos del Terror tras la Revolución Francesa, el Stalinismo tras la Revolución Rusa, y quizás el ejemplo más terrible, el genocidio camboyano de los Jemer Rojos.

En un mundo en el que existen grandes desigualdades e intereses contrapuestos, es natural que haya enfrentamientos. Lo que caracteriza a la teoría de Carl Schmitt es la idea de que es inevitable la existencia del enemigo, y la demonización de éste.

La filosofía nazi de Carl Schmitt está lamentablemente presente en un mundo en el que todavía el hombre sigue siendo lobo del hombre, un mundo que aspira a vivir en armonía y paz, desterrando el hambre, la ignorancia y la violencia. 

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