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NO FUE UN MILAGRO

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Muchos están agradeciendo a Dios. Yo podría agradecer a la Cucalaucha, o a algún otro ser imaginario. Lo concreto es que el rescate de los mineros chilenos se logró gracias al trabajo y a la inteligencia humanas. Esa inteligencia tan despreciada y ofendida por las religiones en general, que pretenden imponer verdades sagradas. Esa inteligencia que tanto nos haría falta en la vida cotidiana, pero que valoramos en aquellos que la poseen y la ejercitan, como los médicos, los ingenieros y los técnicos que planificaron y ejecutaron minuciosamente este fantástico rescate.

Dios “existe” desde siempre, pero hace quizás no más de 10 años este rescate hubiera sido imposible por no contarse con los medios técnicos, y los pobres mineros poco hubieran podido hacer allá abajo con los rezos de todos los religiosos.

Claro está que los mineros también aportaron lo suyo en grado superlativo, al soportar los primeros 17 días en total aislamiento e incertidumbre a 700 metros bajo tierra. Sólo con un temple magnífico, una organización y un espíritu de equipo a toda prueba pudieron superar esa espera angustiosa.

Los chilenos tienen todo el derecho de estar orgullosos, y hasta creo que todos los latinoamericanos podemos estarlo, por la eficiencia de la operación. Pero también es cierto que esta circunstancia movilizó las energías y la solidaridad de técnicos y científicos de todo el mundo, que pusieron en marcha los últimos adelantos tecnológicos al servicio de este objetivo, hoy finalizado con el mayor de los éxitos.

Esto también debe anotarse como un punto a favor de la esperanza en el futuro de la humanidad.

Es un triunfo de la ciencia, la técnica y el trabajo, al servicio del ser humano.

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